"Me
llamo María. Cuando era pequeña, un día con mi padre, Juan, un hombre de muy
pocas palabras y de muchos ejemplos, cruzamos un pequeño arroyo para llegar a
un río. Allí teníamos una canoíta con la cual llegar a la isla que por cierto
se llamaba San Lucas, donde vivíamos con mi familia. La noche anterior había
llovido y el agua se llevó la pequeña pinguela (puente rústico) del arroyo; mi
padre volteó un árbol con su hacha para que pasáramos por encima del mismo y como
yo tenía miedo, él me dijo: “en la vida vas a tener que ser árbol para servir
de pinguela para otros, para eso te enseño a nadar si caes al agua; no tengas
miedo, aquí estoy, te voy a tender mi mano si veo que caes; andá,
atravesálo”.
Puerto
Azara es un colorido pueblito de frontera en el sur de Misiones. Desde sus
orillas, se observa el paso misterioso del río Uruguay y del otro lado, el
Brasil enseña sus selváticos contornos. Es tierra de paz, donde la naturaleza
ofrece sustento y encantos. Aquí vive María Alvez. Isleña, madre, trabajadora,
contadora de historias, enfermera, agricultora, luchadora, mujer. Pero antes de
vivir en Puerto Azara, María vivió sus primeros 18 años en la isla San Lucas,
un terruño de monte y ribera sobre el río Uruguay. "En la isla vivíamos en
comunidad. Todos criábamos animales, plantábamos, había muchas frutas, se
pescaba mucho, en fin, abundancia. No usábamos dinero y todo se compartía. Como
no había electricidad, por ejemplo cuando se faenaba un chancho había que repartirlo
entre la mayor cantidad de vecinos. Éramos muy unidos y había muchas fiestas
populares" recuerda María.
Sin
embargo, en 1983, una gran inundación los obligó al éxodo definitivo. Fue
entonces que con lo poco que pudieron rescatar, los pobladores de San
Lucas se instalaron en lo que hoy es Puerto Azara. "Hubo que empezar de
cero. El lugar no tenía sala de salud siquiera. Tuvimos que asentarnos primero,
y luego empezar a luchar para conseguir lo que necesitábamos. Estudié
enfermería y me convertí en la primera enfermera del pueblo. Me dieron la llave
de la salita de salud en 1989, sin agua potable, básica. Hice de todos, hasta
asistencia de partos porque acá estamos a 10 kilómetros de la ruta y por camino
de tierra. Peleamos y muchos años después conseguimos un centro de salud
mejor".
Esa
lucha aún sigue. "En el medio, tuvimos que luchar para no desaparecer como
pueblo" cuenta María. Cuando dice "luchar para no desaparecer",
está siendo literal. Es que Puerto Azara, es uno de los 30 pueblos costeros de
Misiones que desaparecería del mapa si se concretase el proyecto hidroeléctrico
Garabí, un emprendimiento binacional que hasta el 2015 era prioritario en las
agendas de los gobiernos federales de Argentina y Brasil. Fue María, impulsora
de la Mesa Provincial No a las Represas, que hoy reúne a más de 50
organizaciones.
"Cuando
nos enteramos que el proyecto avanzaba, que ya estaban las empresas trabajando
en la zona y demás, decidí ir a buscar ayuda, porque sabía que se venía una
pelea grande. Así fue que llegué a ATE. Conocí compañeras y compañeros que
escucharon nuestra preocupación. Me organicé en ATE para defender mi tierra,
terminé siendo delegada y hoy soy secretaria general de la Seccional Zona
Sur" cuenta María.
Desde
que es parte de ATE, María participó de numerosas batallas. Una de las más
importantes fue la organización de la gran Consulta Popular sobre Represas, una
gesta que movilizó a 120 mil personas que le dijeron No a la represa de Garabí.
"Esa consulta fue histórica. Conseguimos que el gobierno escuchara el
clamor de la gente y eso fue fundamental para desactivar el proyecto. Salvamos
nuestro pueblo, pero seguimos alerta" dice María.
Y
la lucha, entiende María, en una provincia con semejante desigualdad social,
siempre sigue. Los vecinos organizados de Puerto Azara consiguen abrir una
escuela secundaria para que sus hijos no tengan que abandonar el pueblo para
estudiar. Lo hacen a través de un acuerdo con la Fundación Marcial de
Lorenzana. Recuerda María: “Nos preocupa que nuestros hijos no tengan una
escuela secundaria y deban abandonar el pueblo. Hace uno años conseguimos la
escuela en el pueblo, un sueño para toda la comunidad, pero la burocracia del
Estado terminó cerrando la escuela y truncando ese sueño. Aún no tenemos
escuela secundaria y nuestros jóvenes o no estudian o se ven forzados al éxodo
y el desarraigo. Además sigue la pelea por la educación y por la tenencia
de la tierra, dado que el 90% de los habitantes de Puerto Azara vivimos hace
más de veinte años en un lote fiscal que de acuerdo a normativas vigentes ya
debiera haber sido mensurado y entregado a cada familia con su correspondiente
escritura pero aún así no tenemos título" sostiene la compañera.
Para
María, otra sociedad es posible y necesaria. "Vivimos en una provincia
donde unos pocos lo tienen todo y los demás nada. Donde importamos yerba mate
pero al tarefero se le pagan miserias, donde tenemos esclavos trabajando, tanto
en el Estado como en el sector privado, donde la tierra no le pertenece a la
que la trabaja, donde cada día se vulneran los derechos de las mujeres y los
niños, donde se está destruyendo la poca naturaleza que nos queda. Por eso es
nuestra obligación luchar, no tenemos opción, es lo que tenemos que hacer para
transformar las cosas y dejar una provincia, un país y un mundo mejor a los que
vienen".
* Por Sergio Alvez. Artículo publicado en la edición
impresa de El Trabajador del Estado Agosto 2016




