El 16 de junio de 1955 amaneció frío, lluvioso y con neblina.
El presidente Perón había sido notificado de una posible insurrección militar.
Cuando los rumores se convirtieron en conjeturas, se refugió en el Edificio
Libertador, entonces Ministerio de Guerra.
Pasado el mediodía, 30 aviones que partieron desde Punta
Indio descargaron su artillería: sobre Casa Rosada cayeron 29 bombas. Otras
destrozaron un trolebús repleto de
pasajeros.
Al
enterarse de los hechos, la CGT convocó a la Plaza a defender a Perón. El
General trató de parar la movilización desde su puesto de comando en el
Ministerio de Guerra, pero ya era demasiado tarde. Los atacantes, lejos de
conmoverse por la barrera humana, dispararon sobre ella una carga de nueve
toneladas y media.
Fue la puja entre fuerzas leales y asesinas lo que determinó
el desenlace. Al caer la noche, los rebeldes perdieron el control de las bases
de Ezeiza y Morón y huyeron, con sus aviones gravemente dañados, a Uruguay,
donde el presidente Battle les dio asilo. Aquello fue el germen del golpe de
Estado que tres meses después instauró en el poder a Lonardi y Aramburu.
“Los que tiraron contra el pueblo no son ni han sido jamás
soldados argentinos, porque los soldados argentinos no son traidores ni
cobardes”, dijo Perón a la noche, en un comunicado radial.





