ATE

Al mediodía, 40 aviones de la Fuerza Aérea y la aviación de la Marina de Guerra emprendían su bautismo de fuego para derrocar al gobierno constitucional de Juan Perón, con un saldo de más de 300 muertos. Historia de nuestro Guernica

“La
patria no hace al soldado para que la deshonre con sus crímenes, ni le da armas
para que cometa la bajeza de abusar de estas ventajas ofendiendo a los
ciudadanos con cuyos sacrificios se sostiene. La tropa debe ser tanto más virtuosa
y honesta, cuanto es creada para conservar el orden, afianzar el poder de las
leyes y dar fuerza al gobierno para ejecutarlas y hacerse respetar de los
malvados que serían más insolentes con el mal ejemplo de los militares. La
Patria no es abrigadora de crímenes”
, General José de San Martín.

 

El
16 de junio de 1955, el gobierno ha organizado un desagravio al general San
Martín -a quien considera injuriado por los manifestantes [católicos] del 11 de
junio [Corpus Christi] que supuestamente habían quemado una bandera argentina-
a realizarse a través de aviones Gloster Meteor que volarían sobre la Plaza de
Mayo. Por eso, no sorprende que hacia el mediodía el cielo de Buenos Aires
aparezca surcado por aviones. Pero no son, sin embargo, los Gloster Meteor del
desagravio, sino aviones navales, provenientes de las bases de Punta de Indio y
Ezeiza, que descargan bombas sobre la Casa Rosada y la plaza histórica, con el
propósito de asesinar a Perón.

Al
mismo tiempo, el Ministerio de Marina ha sido tomado por los insurrectos,
mientras el capitán Francisco “Paco” Manrique intenta sublevar la Base de
Puerto Belgrano y se vive una situación incierta en la base aérea de Morón. A
su vez, el general Bengoa debería levantar una unidad militar en el Litoral.
Manrique y Bengoa fracasan en su intento, como también “comandos civiles” que
debían operar sobre la Casa de Gobierno. Asimismo, a las pocas horas, el
Ministerio de Marina es recuperado por fuerzas leales. Pero ya la Plaza de Mayo
y adyacencias se han convertido en horrendo espectáculo de destrucción, de
sangre y de muerte. Los aviadores insurrectos no sólo arrojan bombas sobre
civiles indefensos, sino que, en algunos casos, cuando se trata de grupos
obreros decididos a defender al gobierno, ametrallan salvajemente.

Hacia
las 16 horas, van cesando los ataques y los aviones rebeldes se fugan hacia
Montevideo dejando atrás una Plaza de Mayo que ofrece un espectáculo de horror.
Muertos y heridos por todas partes, aquí y allá, charcos de sangre y restos
humanos, cráteres en las calles, automóviles incendiados, una atmósfera
envenenada de muerte y pólvora, de fuego y destrucción. Uno de los últimos
aviones, al sobrevolar los alrededores de la CGT, halla a un grupo de
trabajadores, enarbolando palos y amenazas y sobre ellos descarga su
artillería, ya inútil, sólo cargada de odio de clase.

“Héctor
Pessano, un humilde trabajador, fue partido por la metralla de un Gloster”,
recordará, años después, el periódico “La Voz”. El número de víctimas resulta
incierto pues el gobierno, para no ahondar los enfrentamientos, prefiere
retacear la información. En sus “Memorias”, el almirante Rojas considera que
una primera estimación da 156 muertos y 900 heridos. Según un periodista de
“Primera Plana”, el gobierno habría informado posteriormente que los muertos
alcanzaron a 373. “La Nación”, por su parte, admite 350 muertos y alrededor de
600 heridos. Gonzalo Chávez, en su libro “La masacre de Plaza de Mayo”
reproduce información de los diarios que dan 156 muertos, 96 heridos graves y
750 heridos. Fuentes de la resistencia peronista estiman 400 muertos e
inclusive, un periodista de la revista “Extra”, en 1965, sostiene que “en las
inmediaciones de Plaza de Mayo yacían dos mil muertos”. En el 2003, recién se
conoce una lista el nombre y apellido de alrededor de 150 personas, producto de
la investigación de Gonzalo Chávez. Puede sostenerse, entonces, sin
exageración, que esas víctimas de la barbarie antiperonista son también
“malditos”, pues se los ha olvidado individualmente y tampoco aparecen mencionados
en los trabajos históricos, a pesar de que ese bombardeo a una ciudad abierta
como Buenos Aires no tiene parangón con ningún otro de nuestra historia.

 

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