ATE

Un 27 de febrero nacía en la provincia de Entre Ríos Claudio ‘Pocho’ Lepratti, querido y recordado militante de ATE Rosario.

Claudio Lepratti entendía que un delegado no era sólo quien
atiende las cuestiones laborales del sector donde trabaja, sino también las
humanas. Con este precepto extraordinario militaba para cambiar la realidad,
poniéndole cuerpo y construyendo las voces de los sectores más postergados.

La ciudad de Concepción del Uruguay en la provincia de Entre
Ríos fue el lugar de su nacimiento. Sus padres, Orlando y Dalis tuvieron cinco
hijos más, él era el mayor. Pocho vivió con la familia en Colonia los Ceibos, a
pocos kilómetros de Concepción, hasta la mitad de la década del 80, cuando
ingresó a estudiar Derecho. En 1986, católico practicante, ingresó al seminario
salesiano en la localidad de Funes. Y, años más tarde, lo abandonaría -a
principios de los ’90´s-, asumiendo la opción de vivir en uno de los barrios
más humildes de Rosario para ayudar en lo que pudiera a Edgardo Montaldo,
sacerdote y referente social del barrio Ludueña.

“Estamos reclamando la dignidad del trabajo. Somos todos de
clase trabajadora, somos de villa, nuestra posibilidad y futuro está en el
trabajo. Venimos de un lugar que está lleno de exclusión, decía Claudio. “Nos
juntamos para hacer cosas juntos porque no había propuestas para hacer juntos
en el barrio (…) aprovechamos un espacio que nos dieron en el salón, en la
comunidad del barrio y después fueron surgiendo algunas inquietudes entre los
que estaban”, contaba.

Pocho comenzó su camino en ATE a finales de la década de
1990, como delegado cuando se produjo el cierre de la Cocina Centralizada y fue
despedido de su trabajo. Pero fue la misma organización con sus compañeros la
que le permitió luchar para recuperar su trabajo. Eligió su espacio de
representación y tras varios días de acampe frente a la desmantelada cocina
junto a muchos otros compañeros que hoy también recordamos, como Ángel Porcu,
lograron no sólo la reincorporación sino también el pase a planta.

Desde aquel momento se haría más intensa su participación en
la lucha gremial, como delegado en ATE y congresal de la CTA, por mejorar las
condiciones de trabajo de asistentes escolares y de los trabajadores estatales
en general. Diversos sectores en lucha a fines de los `90 lo recuerdan
silencioso pero presente en sus piquetes.

Pocho llevaría su compromiso a trabajar en una escuela en la
zona sur de la ciudad, la Nª 756 José Mariano Serrano, en el corazón del barrio
Las Flores, a más de diez kilómetros de su casa. Esa distancia la cubría en
bicicleta, con lluvia y con sol.

El 19 de diciembre de 2001, casi cerrando el ciclo escolar,
Pocho subió al techo para exigir a la policía 
que cese la balacera y la represión que se estaba llevando adelante en
la zona del comedor, con más de 100 chicos comiendo allí. La bala del policía
Esteban Velázquez fue a la garganta de Claudio. Tenía 35 años. Murió ante el
desconsuelo de sus compañeras y compañeros. “Lo mató un cana en su lugar de
trabajo”, fue la denuncia reiterada por el Padre Montaldo hasta su propia
partida.

Caminos de impunidad

En diciembre de 2001, el pueblo argentino le decía basta a
un modelo de gestión de gobierno corrompido y obsoleto. La economía en ruinas
empujaba a la gente de sus casas al grito de “que se vayan todos” y se desataba
la más feroz represión que se recuerde en democracia tras la dictadura
genocida, que dejaría 39 muertos en todo el país.

Nueve de esos asesinatos se perpetraron en la provincia de
Santa Fe, gobernada entonces por Carlos Reutemann, quien jamás rindió cuenta de
sus actos. Otros funcionarios implicados nunca juzgados fueron el entonces
ministro de Gobierno de la provincia, Lorenzo Domínguez, el Secretario de
Seguridad, Enrique Álvarez y representantes de la policía de la provincia,
policía federal, prefectura y gendarmería. Ninguno fue condenado y, a 20 años
de esos hechos, la mayoría de los crímenes permanecen impunes.

Luego de mucho reclamos, en el año 2004 la justicia
condenaría al policía Esteban Velázquez a 14 años de prisión por el asesinato
de Claudio Pocho Lepratti. Una de las pocas causas que llegaron a tener condena
en el país. Fue liberado por diversas reducciones de penas y protagonizó varios
escándalos: se montó un carrito de choripanes que guardaba frente a la
comisaría de Arroyo Seco, pretendió ingresar a la Guardia Urbana local, fue
fiscal del propio Reutemann cuando formó parte de las listas del PRO y sostuvo
su participación política en ese espacio.

La justicia como construcción colectiva

ATE Rosario insiste en su ejercicio cotidiano de memoria y
ratifica el pedido de justicia por las víctimas, sus familias y la sociedad
toda. Y junto con ese compromiso, recuerda con orgullo y alegría al compañero,
al del mate bajo el brazo, al de la charla en ronda con todos, el que llevaba
los elementos para improvisar un guiso en la mochila en cualquier momento, al
que puso el cuerpo cuando había que ponerlo. Congresal de la CTA, delegado de ATE
Rosario y militante social del barrio Ludueña, fue un luchador con una historia
que marcó un camino para todos los que tocó, particularmente de los
trabajadores estatales.

El ejemplo de Claudio Lepratti desbordó también en
organización y ‘alegría como resistencia’ a días de su asesinato: desde febrero
de 2002, en su querido barrio de Ludueña, algunos de los jóvenes de los grupos
que coordinaba en su acción barrial le han dado forma y vida al reclamo y la
resistencia mediante la celebración del cumple carnaval de Pocho. Este año, se
realizará por vigésima vez congregando a toda una comunidad que no olvida.

“La memoria debe jugar el papel más importante en la clase
trabajadora, memoria para no olvidar lo que nos hicieron. Memoria para recordar
que esos verdaderos e impunes protagonistas son los desaparecedores, los
desocupadores y los delincuentes de guantes blancos”, afirmó Celeste Lepratti,
hermana de Pocho, en uno de los históricos actos en reclamo de justicia. Y así
se sigue andando con el Pocho como bandera. Porque se marcha para construir,
para celebrar y para seguir haciendo camino.

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