ATE

La responsable de la Dirección de Encuesta Permanente de Hogares del Instituto Nacional de Censos y Estadísticas (INDEC) y secretaria nacional de Formación de la CTA Autónoma es una histórica militante de ATE que, como tantos, se bancó todas para defender la veracidad de las estadísticas públicas. Otra historia de estatales que merece conocerse (Entrevista publicada en la edición impresa de El Trabajador del Estado)

Parafraseando
a Carlos Gardel, a Cynthia le gusta decir que nació en Buenos Aires a los dos
años de edad. En el Hotel de los Inmigrantes frente al Río de la Plata, precisamente. El
lugar a donde llegó con su familia en calidad de refugiados hungaros y de la
mano de Naciones Unidas en los años de posguerra.

Cuenta
el relato familiar que la ONU
les ofreció dos destinos posibles: Sumatra o Argentina. “Sumatra debe estar
lleno de víboras, mejor vamos a Argentina” dijo mamá Berta y hacía allí
partieron don Zoltan, Cynthia bebe y sus tres hermanos mayores.

El
padre aparentemente hizo lobby para escapar de la sordidez de la bodega del
barco pero cuando estaban por ligar un camarote apareció el maratonista Delfor
Cabrera, campeón olímpico en 1948, y el capitán no dudó en dejar a los Pok sin
esa comodidad.

Luego
se instalaron en Munro, en el conurbano bonaerense, donde reinaban las calles
de tierra el barro y las casitas bajas. El jefe de familia, médico dentista sin
habilitación local, se hizo electricista y se las ingenió para bancar a la
familia.

De
la primaria, la licenciada Pok, tiene un recuerdo político: tras la caída de
Perón una compañerita de bucles rubios se tomó el trabajo de arrancar la hoja
con la foto de Evita de los cuadernos de todas sus compañeras mientras otra,
morochita ella, lloraba en un rincón diciendo que cuando se le rompan las
zapatillas ya no tendría otras para ir a la escuela. Una manifestación a escala
escolar del cimbronazo de la
Revolución
Libertadora.

Sea
como fuera, en segundo grado fue elegida presienta del Club de Alumnos y unos
grados más tarde apoyó las tomas de colegios en el marco de la discusión sobre
educación laica o libre.

Estaba
decidida a estudiar veterinaria por amor a los animales cuando un profesor le
dijo que nadie se preocupaba en estudiar a los hombres y la hizo pensar.
Finalmente se anotó en la carrera de sociología de la UBA, a mediados de los
sesenta, cuando era todo una rareza. Salía a la noche de estudiar del centro
porteño y se movilizaba hasta el conurbano profundo para trabajar toda la noche
en una fabrica operando, e incluso haciendo el mantenimiento, de una gran
máquina textil.

En
la efervescencia de los setenta se metió en la política y fue parte de la
“juventud maravillosa” en la filas de la JP. 
Paralelamente
comenzó su derrotero en el mundo de las
estadísticas públicas ingresando en el INDEC cuando ni siquiera se llamaba así.
Entró y salió miles de veces pero nunca dejó de “pertenecer” al organismo ni a la Junta interna de ATE en la
que ocupó todos los roles posibles.

Durante
la dictadura, tomó la decisión de contribuir en la revolución que los
sandinistas hacían en Nicaragua, donde llegó justo el día de su primer
aniversario en 1980. Allí trabajó en el Estado, en la elaboración del Plan
nacional de empleo y salarios del Frente Sandinista, donde cada conclusión se
debatía con los trabajadores y entendió que la variedad de oficios es
interminable.

Dejó
la Nicaragua
de los hijos de Sandino para volver al país en 1983 antes de que regrese la
democracia. Obviamente su destino laboral volvió a ser el INDEC en general y en
la Dirección
de Encuesta Permanente de Hogares (EPH), en particular, un área clave a la hora
de cuantificar la pobreza y de la que nuestra compañera formó parte desde su
propio origen.

De
ese lugar fue desplazada en el 2007 por “un pelotudo que solo quería encubrir
su incapacidad para controlar el aumento de precios aunque después se hizo
política de  gobierno”. La política, en
ese caso, significó intervención, desplazamientos, patotas, agresiones
psicológicas, verbales y físicas “que llevaron a muchos compañeros a enfermarse
por la depresión y la angustia. Hasta la muerte en mas de un caso”.

Un
día fueron con un grupo de compañeros a dejar una nota de protesta en el
Ministerio de Economía. A diferencia de otras oportunidades, el personal de
seguridad los dejó pasar sin controles y, una vez adentro, se cerraron las
puertas, se apagaron las luces y una patota agredió por igual a hombres y
mujeres. Cynthia fue pateada en el suelo y golpeada salvajemente. Después la
corrieron del organismo pero nunca dejó de pelear, junto con sus compañeros,
por la recuperación de las estadísticas públicas y la reincorporación de todos
los despedidos y desplazados.

Fue
por esos años cuando un edificio cercano al que vivía Cynthia se derrumbó y
toda la manzana fue desalojada por precaución. Solo dejaban entrar 15 minutos a
cada vecino de las viviendas linderas para que retiren las cosas más necesarias
o de mayor valor. Cynthia, dicen los testigos, agarró algo de dinero, unos
documentos, dos o tres fotos y todos  los papeles del conflicto del
INDEC. 

El
cambio de gobierno la reinstaló en su lugar, a contramano de los despidos que se
vienen sucediendo en el Estado y como resultado de los nueve años de lucha a
través de ATE y CTA. Se puso a trabajar contra reloj para rearmar el equipo,
recuperar la documentación arrumbada en un depósito y reconstruir la dirección.
En unos meses saldrá a la luz la verdadera situación de la pobreza en la Argentina y ella, como
siempre, solo garantizará que los números sean fehacientes.

Mientras
tanto, en las paredes del edificio del INDEC, los mismos que fueron cómplices
de la mentira, ahora pegan notas acusando a Cynthia de revanchismo y
represalias contra ellos. “La idea es que aquellos que ayer nos patotearon, hoy
no trabajen en mi equipo. No es mucho pedir, ¿no?” dice la socióloga que le
puso, junto a muchos, literalmente el cuerpo a la batalla por defender la
veracidad de las estadísticas públicas y a su querido ATE.   

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