ATE

“De repente los varones están pidiendo que hagamos un paro”, dice Dora Barrancos, la reconocida feminista, historiadora, investigadora, durante una de las asambleas que se hicieron para organizar el Paro Internacional Transfeminista del 8 de marzo, en el patio de nuestro sindicato: La Asociación Trabajadores del Estado (ATE).

Mujeres y diversidades de todo el campo popular, de distintas organizaciones políticas, sociales y sindicales, por octavo año consecutivo discutimos de qué manera organizarnos, bajo qué consignas y a qué darle prioridad.

Ver un lugar que transitamos todos los días, en el que he pasado – y paso- muchísimas horas,  inundado de la potencia feminista, fue esperanzador. Generaciones pioneras, nuevas referentas, trabajadoras del Estado, periodistas, artistas, personas de distintos sectores convencidas de la importancia de salir a la calle, de invadir  “lo público”, espacio en el que históricamente hemos sido relegadas, es un impulso para seguir luchando.

Durante mucho años, las feministas sindicalistas no hemos estado bien vistas o se nos ha tildado de burócratas y si bien aún muchos de esos prejuicios existen y en cierta parte de la sociedad se han exacerbado, en otra buena parte, han entendido que el enemigo es otro y que nos une, sobre todo, la defensa de la vida.

Incluso dentro de mi propia organización han habido cientos de debates para que las mujeres podamos ocupar cargos de representación formal y de toma de decisiones.

De hecho, hasta la reforma de nuestro estatuto interno en 2022, que implicó la paridad, la ocupación de cargos en la conducción no era proporcional con la cantidad de mujeres afiliadas. ATE cumplirá el año que viene un siglo representando a 350.000 estatales en todo el país y, por primera vez, una mujer ocupa un lugar en la Secretaría General.

Ahora bien, tener un cargo no significa tener poder: el poder se construye en grupo, de manera colectiva.

Nuevas derechas, viejos discursos

Desde la aparición o irrupción de esta nueva derecha libertaria, en diversos ámbitos se han tratado de comprender los discursos de odio y de legitimación de la violencia, pero lo que ha causado mayor impacto ha sido la apropiación de cánticos, expresiones y de una vasta simbología que se le ha asignado históricamente a los movimientos más bien de izquierda.

Durante la pandemia irrumpieron en el espacio público: fueron los únicos que salieron a manifestarse por declararse antivacunas y hasta ese momento, eran tan desconocidos como el virus del COVID-19. Sin embargo, lograron reflotar discursos que yacían en lo más profundo del ADN de nuestra sociedad: el desprecio al Estado y a sus trabajadores, el odio al movimiento feminista, a los sindicatos y a los partidos políticos tradicionales.

Durante la pandemia también, todas las expresiones culturales, de encuentro, debate, de lazos sociales, se rompieron y aparecieron nuevas formas de relacionarse, de consumos, en muchos casos desconocidos, en otros no, que tuvieron que ver con la irrupción de los videos en redes sociales, el zoom, meet, streaming, jitsi, youtube, twitch, tiktok, y la lista sigue. Aún así, logramos la sanción del aborto legal, seguro y gratuito.

Planificado o no, comenzó un proceso de individualismo y de éxtasis frente al mundo virtual que borró los viejos modos de encontrarse y debatir. Jóvenes -y no tanto- utilizaron novedosas plataformas para afianzar la deshumanización y que prime la violencia. La libertad ahora sería de mercado, ya no seríamos sujetos de derechos sino de consumo y los estatales, que fuimos quienes pusimos el cuerpo durante la pandemia, aún con salarios magros, con contrataciones precarias, los ñoquis del Estado.

Las universidades sin presupuesto con recortes en horas cátedras, por ende contenidos, y  por consiguiente salarios. La pauta a los medios también fue recortada ni bien asumieron por lo  que sólo sobreviven “los más fuertes” o lo que obtienen pautas de otras empresas y la agencia de medios públicos disuelta. La información ahora es sesgada, pensada por supuesto como un bien de consumo y no un derecho y como si fuera poco, la red social X, de donde se nutren muchos y muchas periodista, pertenece al magnate Elon Musk, amigo personal del Presidente, quien ya lanzó Starlink, el servicio de conectividad satelital.

La pregunta es: ¿En qué momento nuestro Estado, instituciones, salud y educación pública dejaron de tener prestigio para los propios argentinos y argentinas? ¿Cómo fue que el odio y la violencia escalaron tan alto? ¿Qué clase de humanidad somos que celebra la muerte, y legitima la burla y discriminación? ¿Somos capaces de renacer, generar nuevos vínculos, pensarnos de otra manera?

Este 8 de marzo, Día Internacional de la mujer trabajadora, valoremos el legado de quienes han luchado en defensa de la vida y la igualdad y dejemos la huella para que nuevas generaciones conozcan la historia y luchen en defensa de nuestros territorios, nuestro Estado y la vida.

*Por Mercedes Cabezas, Secretaria Adjunta ATE Nacional

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