ATE

1º de mayo: una mirada desde las trabajadoras

Por Mercedes Cabezas,
Secretaria de Organización de ATE Nacional

La nueva situación
social y mundial puso de manifiesto algunos postulados que el movimiento
feminista ya levantaba como banderas de revolución cuando el capitalismo aún
gozaba de una pretendida buena salud, pero que en circunstancias extremas se
hicieron más visibles. Una de esas conclusiones ahora evidentes es que el
sistema de cuidado recae sobre las mujeres. Pero para desgranar qué es lo que
queremos decir cuando reclamamos una re-discusión del sistema de cuidados,
debemos empezar por el principio.

Merece una
definición preguntarnos qué es el sistema de cuidado. Etimológicamente, cuidado
es la acción de cuidar, preservar, guardar, conservar, asistir. El cuidado
implica ayudarse a uno mismo o a otro ser vivo, buscar incrementar su bienestar
y evitar que sufra algún perjuicio. También es posible cuidar objetos, como una
casa. Entendido de esta forma, podemos concluir que el cuidado apunta
principalmente a la preservación de la vida. Visto desde esta forma, hasta
podríamos afirmar que el cuidado es inherente al ser humano.

Sin embargo, lo que
se hace evidente cuando se repasa la historia es que el sistema de cuidados
recayó siempre en la mujer, porque se alza como una consecuencia de la norma
implícita del sistema capitalista: la división sexual del trabajo.

Esta división
ocurrió en todas las etapas de la historia, de una manera o de otra, y supuso
siempre un reparto social de “actividades”, de acuerdo a un orden establecido
culturalmente, que, por supuesto, también vino de la mano de una jerarquización
de las condiciones de vida. Ese cuadro, combinado con una tradición patriarcal
y machista, estableció una marcada división sexual del trabajo entre roles que
se presentan como preestablecidos para la vida humana, divididos por género,
pero que no son más que construcciones socio-culturales susceptibles a cambios
paradigmáticos. 

Así es como se hace
necesario desnaturalizar la división sexual del trabajo como si fuera algo
inherente al orden entre hombres y mujeres. Para ello, es necesario desentramar
la constitución de la familia con el hombre como jefe de la unidad, refrendada
en el sistema capitalista, racista y patriarcal, y cuestionar las relaciones de
poder hacia el interior de la sociedad misma que presenta un esquema basado en
el colonialismo. Eso implica un abordaje desde la construcción social de las
relaciones y una aplicación desde el concepto de trabajo y economía que,
definitivamente, incorpore el trabajo doméstico y de cuidados, así como también
la desigualdad en el uso del tiempo. Ambas cuestiones se alzan como categorías
fundamentales para debatir la igualdad de género.

En esa construcción
encontramos a una sociedad binaria, sustentada bajo la perspectiva del binomio
varón/mujer, que no sólo no contempla la posibilidad de múltiples géneros, sino
que además implica, desde tiempos inmemorables, un reparto de actividades que
supone dos categorías claras entre producción y reproducción de la vida. Así es
como los varones están contenidos dentro de las tareas y los trabajos de
producción, con mejores pagos, mayor 
estabilidad laboral y acceso a cargos jerárquicos, y las mujeres dentro
de los trabajos de servicios y de reproducción de la vida, entre las que,
incluso, existen tareas que ni siquiera son consideradas trabajo, como las
provenientes del sistema de cuidados.

En este último caso
enmarcamos el cuidado en los términos generales, que tan de manifiesto queda
claro en medio del aislamiento social, preventivo y obligatorio que se
recomienda por estos tiempos en la mayoría de los países, Argentina incluida.
Claro que en esta instancia, las mujeres siguen teniendo una doble jornada
laboral no reconocida, entre el trabajo remunerado (mayormente de servicios y
de tareas administrativas), que siguen manteniendo desde la casa, y el sistema
de cuidado que recae sobre ellas sin ser visualizado como tal.

Eso que llaman “amor” es trabajo no pago

Parte de la
naturalización del trabajo de cuidado deposita como destino biológico de las
mujeres la tarea de cuidado y doméstica, vinculándolo con la maternidad. 

Desde las
organizaciones que buscamos un viraje o cambio hacia los postulados feministas
decimos que ese “sentido maternal” o “amor” en el que se apoya la sociedad
capitalista y patriarcal se llama trabajo de cuidado. Y, en general, en las
economías mundiales no es tenido en cuenta como tal.

Por ello, es que
ponemos de manifiesto la necesidad de reabrir el debate sobe la mirada de la
mujer como trabajadora para reconocernos como tales en lo que respecta al
sistema de cuidado, y no únicamente en las familias monoparentales. Y, en
paralelo, proponemos una discusión profunda que inste a las sociedades a
debatir la división sexual del trabajo en busca de un cambio paradigmático,
político, social, ideológico y cultural que permita una perspectiva más amplia
y equitativa entre integrantes de una sociedad que debe ser, en definitiva, más
solidaria y justa.

Todas las crisis
sociales y económicas abren posibilidades de cambio. Tenemos una oportunidad
histórica de encontrar una alternativa social que no se quede en un enunciado,
sino que represente una voluntad real de saldar históricas situaciones
inequitativas.

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