El
ingreso a la biblioteca más importante del país, ubicado en el barrio más
paqueto de la Ciudad de Buenos Aires, fue epicentro de la bronca e indignación
que provocan los miles de injustamente despedidos por la administración
macrista. Allí concentraron más de un centenar de cesanteados de la Biblioteca
Nacional de la República Argentina, a los que se sumaron juntas interna de ATE
de distintos sectores y dependencias del Estado, la CTA Capital y los
dirigentes del Consejo Directivo Nacional Leo Vásquez, Natalia Castesana,
Gustavo Quinteros y Darío Orellano.
Durante
el mes de marzo, las nuevas autoridades de la Biblioteca Nacional cesantearon a
cerca de 240 trabajadores. Al poco tiempo, y gracias a la lucha y organización
de los compañeros, se logró la reincorporación de alrededor de un centenar de
ellos. Sin embargo, al día de hoy el saldo es de 130 familias que quedaron en
la calle.
Dos muestras de la insensibilidad
patronal
Adrian
Fortunato (38) ingresó a la Biblioteca Nacional el 1 de noviembre de 2009.
Desde entonces, cada día concurrió a su puesto laboral en el edificio central.
Una mañana de marzo de este año, sin aviso previo o comunicación de ningún
tipo, se desayunó –carta documento mediante- con que ya no tenía trabajo. Como
tantos otros estatales, estaba precarizado con un contrato anual.
“Así
como si nada, me dejaron en la calle a mí y mi familia”, dice Adrián, mientras
entrega a los transeúntes un volante que explica la situación que viven los
trabajadores del sector. A la ya compleja pelea por su reincorporación y la de
sus compañeros, a este trabajador se le suma otra: Adrián es sostén de familia
y tiene a cargo la manutención de sus tres hijos discapacitados. “No
desconocían mi situación pero fue tan insensible el manejo que hicieron, que
incluso hicieron perder mi expediente desconociendo la situación de mis
chicos”, cuenta.
Virginia
es bibliotecaria. Desde 2012 y hasta hace pocos meses se encargaba de la
catalogación de cientos de publicaciones, revistas y periódicos históricos y
actuales que conforman una parte de la memoria del pueblo argentino.
Casi
de casualidad, Virginia accedió a un listado de despedidos dentro del que
figuraba su nombre. Sin comunicación oficial mediante, emprendió un derrotero
que la alejó de su trabajo, el departamento donde vivía por no poder pagar el
alquiler y sus mascotas.
“Todo
esta situación causa mucha bronca, porque mi despido, como el de mis
compañeros, tiene un trasfondo de persecución ideológica”, denunció. “Para algunos,
nosotros somos, en los pasillos, los disidentes”.


