La
noche anterior al 17 de octubre, Libertario Ferrari concurrió a un
plenario de la CGT como delegado de la Asociación de Obreros y Empleados del
Estado, que luego se fusionaría en ATE.
Ferrari
había militado primeramente en el radicalismo hasta pasar a las filas de FORJA.
Fue precisamente Arturo Jauretche quien lo convenció de votar en aquel plenario
de la CGT contra el mandato que llevaba desde el sindicato. Libertario Ferrari
no vaciló y volcó la decisión para que los trabajadores pararan y se movilizaran
al día siguiente exigiendo la libertad de Juan Perón.
El
entonces coronel estaba preso en la Isla Martín García. El presidente Edelmiro
Farrell legitimó esa medida como parte de la disputa de poder dentro del
Ejército. Perón era el más reconocido funcionario de gobierno dentro del
movimiento obrero, por la dirección que había adquirido la Secretaría de
Trabajo y Previsión a su cargo.
En
la madrugada del 17, trabajadores de La Boca, Barracas, Parque Patricios,
Mataderos, Avellaneda, Lanús, Berisso y el resto de los barrios industriales y obreros
de Buenos Aires y el conurbano comenzaban a reunirse en las puertas de las
fábricas donde eran informados de la resolución orgánica de la CGT. Emprendían
así el abandono de sus lugares de trabajo y arrancaban la larga marcha hacia la
Plaza de Mayo.
Esa
movilización fue, en definitiva, la foto más fehaciente de un movimiento obrero
dispuesto a tomar partido en la vida democrática, jurando lealtad a Perón. Así
recordaba aquella jornada, Raúl Scalabrini Ortíz:
“El sol caía a plomo
sobre la Plaza de Mayo, cuando inesperadamente enormes columnas de obreros
comenzaron a llegar. Venían con su traje de fajina, porque acudían directamente
desde sus fábricas y talleres. (…) Frente
a mis ojos desfilaban rostros atezados, brazos membrudos, torsos
fornidos, con las greñas al aire y las vestiduras escasas cubiertas de
pringues, de resto de brea, de grasas y de aceites. Llegaban cantando y
vociferando unidos en una sola fe (…) Un pujante palpitar sacudía la entraña de
la ciudad (…) Era el subsuelo de la patria sublevado. Era el cimiento básico
de la nación que asomaba, como asoman las épocas pretéritas de la tierra en la
conmoción del terremoto (…) Éramos briznas de multitud y el alma de todos nos
redimía. Presentía que la historia estaba pasando junto a nosotros y nos
acariciaba suavemente como la brisa fresca del río. Lo que yo había soñado e
intuido durante muchos años, estaba allí, presente, corpóreo, tenso,
multifacetado, pero único en el espíritu conjunto. Eran los hombres que
están solos y esperan que iniciaban sus tareas de reivindicación. El espíritu
de la tierra estaba presente como nunca creí verlo”.


