Desde hace 40 años, un fin de semana al año, miles de mujeres nos organizamos para juntarnos a discutir no solo “cuestiones de mujeres”, sino también de política, de economía, de soberanía y de defensa del territorio, entre muchos otros temas que hacen a la realidad de todos y todas.
Es un fin de semana al año en el que toda nuestra energía y nuestro trabajo están puestos en organizarnos, encontrarnos, marchar y definir nuestras demandas, como así también en hacer un balance de lo conseguido, lo conquistado, las preocupaciones en otros territorios, lo que falta y las que faltan.
En esta ola que sube y baja, supimos estar en la cresta y en la orilla, rearmarnos (nunca iguales), reafirmarnos y acompañarnos. Gracias a todo ese proceso, a cientos de charlas y debates, nuestra organización modificó su estatuto y hoy puedo estar ocupando un cargo que, hasta mi llegada, nunca había ocupado ninguna mujer.
Hacer política siendo mujer no es para nada sencillo. Implica multiplicar esfuerzos, sentirse muchas veces subestimada o sentir que tu opinión no cuenta. Es más cuesta arriba, no lo voy a negar, pero también la satisfacción es doble. Porque cuando hay reconocimiento por parte de las y los compañeros hay alegría y el saber que vas por buen camino.
Construir con otros y otras, organizarse y pensar la política de manera horizontal sin priorizarse es parte de lo que hemos aprendido en tantos años de encuentros. Aprender de las más adultas y de las más jóvenes: escuchar y ser escuchadas. Empatizar, ponerse en el lugar del otro.
Hay algo del feminismo que incomoda cuando se desconoce, pero que abre otros mundos cuando se lo comprende. No se trata de querer ser mejores, sino de que se pueda entender que hay otros modos de pensar la realidad, a los sujetos que habitamos en el mundo en relación con el territorio, la naturaleza y el trabajo. Queremos la igualdad; no ser mejores ni superiores, simplemente tener los mismos derechos. Ser reconocidas como sujetos políticos.
El privilegio de ocupar un cargo dentro de una organización hace que todo el tiempo estemos repensando el modo en que hacemos política con y para otros y otras, poniendo el cuerpo para poder estar a la altura de las circunstancias.
Me toca estar en un contexto difícil, adverso y deshumanizante. Da mucha tristeza ver cómo (en su mayoría hombres) se llevan puestas las instituciones, los derechos y a las familias; cómo, de espaldas a la sociedad, deciden nuestro futuro y el de nuestros hijos e hijas. Pero lo cierto es que si, en contextos más adversos, un par de mujeres desesperadas por encontrar a sus hijos se pusieron un pedacito de tela blanca en la cabeza y empezaron a girar en una plaza, cómo nosotras no vamos a seguir defendiendo nuestros derechos.
Mercedes Cabezas, Secretaria General Adjunta – ATE Nacional