Entrada la década de 1860, la situación de la clase obrera parisina se había deteriorado notablemente. Bajas de salarios, largas jornadas laborales, altos alquileres y paros forzosos daban la imagen de un París asolado por la crisis. Llegados a fines de 1870, la última aventura imperial de Napoleón III terminaba con un rotundo fracaso y París era ocupada por el ejército prusiano. Primero la insurrección de los radicales blanquistas y luego un golpe de comando habían terminado con los días del emperador francés. El poder fue traspasado a un gobierno provisional, que debía buscar la paz con Prusia.
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